- Se va a tirar.
- No creo, es un farol.
Miré hacia arriba en medio de aquel grupo variopinto de curiosos. Amas de casa, estudiantes, ejecutivos, camareros, mendigos... Todos hacían cábalas sobre cómo terminaría aquello. Algunos tensaban sábanas. Otros preparaban sus cámaras de foto y de video. En todos se manifestaba una tensa mezcla de horror y morbo.
- No se atreverá. Sólo quiere llamar la atención.
Volví la vista hacia el mocoso resabiado que hablaba. Estaba tranquilo. Fumaba y sonreía. No debía pasar de los quince años.
- Hay que ver las cosas que hace la peña para hacerse notar. ¡La cantidad de suicidas que habría si pudieran resucitar cuando pudieran!.
Un conjunto de alaridos estremecedores inundó el ambiente. Un bulto negro se precipitaba hacia abajo a una velocidad vertiginosa. Unos corrieron. Otros movieron de un lado para otro mantas, sábanas, camas elásticas. Se fueron chocando para cazar al caído. Todo fue inútil. Demasiada desorganización. El cuerpo golpeó el suelo.
- Anda, pues iba en serio.
Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó compulsivamente. Se metió las manos en los bolsillos y, antes de darse la media vuelta para enfilar General Perón en dirección a Estrecho, pudo ver los médicos del Samur cubriendo el cadáver con una funda dorada.
- Qué fuerte, ostras, qué fuerte... ¡Qué fuerte, colega!
Y se perdió, inalterable, entre el río humano que se dirigía al lugar del suceso.
viernes, 4 de diciembre de 2009
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