miércoles, 19 de agosto de 2009

Tozudez

Siendo muy pequeñita, menor que un grano de arroz, le dijo su sabio abuelo: "Alcanzarás la felicidad el día en que consigas beber un sorbo de agua salada. Pero no cualquiera, sino sólo aquella que esté siendo premiada con el blanco y puro reflejo de la luna llena".

Durante toda una vida, en cada noche de plenilunio nadó y nadó mar adentro con su vaso en la mano, esperanzada, hacia el horizonte. Al principio pensó que sería fácil. Pero por más que lo intentaba, no conseguía sumergir el envase allá donde ésta diluía su luz. Ni siquiera lograba acercarse. El travieso satélite, burlón, parecía divertirse a medida que ella avanzaba.

Muchos se mofaron de sus sueños. Intentaron hacerla desistir de su excéntrico empeño. La llamaron loca, inmadura, ilusa. Pero ella siguió fiel a su objetivo, segura como estaba de hallar con ello la alegría. Convencida de poder cambiar el mundo, su mundo.

Una madrugada, ya agotada, desesperada, humillada y esculpida por las crueles arrugas del tiempo, achicharrada por el sol y minada de recuerdos, abandonó el viejo envase, lleno de mar, en la orilla. Pensó que había desperdiciado su vida buscando un sueño imposible. Se embozó de arena y tomó su última ración de brisa yodada. Se rindió.

Antes de cerrar sus ojos para siempre, pudo ver atónita cómo sobre el agua del vaso flotaba, brillante y clara, una minúscula luna.

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