El niño se rompió en lágrimas cuando vio a su gorrión tendido en el suelo, con el pico abierto y respirando dificultosamente. Todos los veranos lo mismo, pensó. Los gorriones caían del nido; él los recogía, los cuidaba, los alimentaba y, de repente, sin motivo lógico, los encontraba agonizando cuando estaban a punto de echar a volar.
Se le ocurrió una idea genial. Subió a la azotea de su casa y soltó al pájaro de golpe, con la esperanza de que el vértigo le espabilara y le hiciera reaccionar. Nada. El gorrión cayó secamente, como si fuera de plomo. El perro, atado como siempre al limonero, lo vio a su alcance y aprovechó. Lo devoró en un salto, de un solo bocado.
Al chico le pareció increíble. Se secó las lágrimas. Mudó su mirada y esbozó lo que parecía ser una sonrisa. Tan impresionante le pareció, que pasó el resto del verano cazando gorriones para lanzar al perro.
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