miércoles, 19 de agosto de 2009

El viejo infiel

Ni dictadura ni democracia. Sólo cuenta el corazón de la gente.

Recuerdo que en el Sanatorio había muchos niños enfermos, como yo, que sonreíamos al ver aparecer cada media mañana al hermano Roberto, con montones de sábanas inmaculadas oliendo a jabón de marsella. Todos los días, cuando el sol comenzaba a calentar las mañanas de invierno, nos sacaban al jardín en nuestras camas de metal y nos daban de beber agua pura, milagrosa.

Llegábamos del norte de Marruecos, impedidos por la poliomielitis, pálidos y ojerosos, sin ganas de vivir. En apenas unas semanas, nuestras mejillas comenzaban a colorear como manzanas y nuestros ojos reflejaban el verde de los árboles y la sempiterna luz de Cádiz.

En aquella época, todo el pueblo admiraba la labor de los frailes. En Navidades, cada familia entregaba al Sanatorio un juguete nuevo y una bolsa de caramelos, y ninguno de nosotros, los moritos, los infieles, nos quedábamos sin nuestro trocito de magia cristiana. Un camión, un patinete, unos dulces, un plumier con los desconocidos colores de la vida.

Hoy, 63 años después, vuelvo a Jerez, a estos jardines del Sanatorio, y los miro con nostalgia. Aquí, en este lugar donde un día me devolvieron la vida, en este lugar donde todos los abuelos de la época un día me regalaron algo, justo aquí, me van a devolver a mi nieto Ahmed.

Espero al hermano Roberto, pero no está. Espero la generosidad de las gentes, pero no existe. Ahmed no tuvo la suerte de enfermar de poliomielitis en el treinta y dos, sólo ha enfermado de desesperación en 2005. Se tiró a la mar hace una semana en una pequeña barca, buscando que sus mejillas se colorearan y sus ojos reflejaran el verde de los árboles y la sempiterna luz de Cádiz.

Los cristianos le han regalado unos puntos de sutura en la cabeza, varias humillaciones, una gran desilusión y un billete de vuelta. Los quince compañeros que viajaron con él, han tenido menos suerte.

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