miércoles, 19 de agosto de 2009

Inconsciencia

Todos los domingos íbamos a la playa en el camión de papá. Yo tenía seis años; mis hermanos, cinco, tres y uno. Ese día paramos a comprar una sandía. Al volver la cabeza, mis ojos quedaron fijos en una gran montaña blanca. Yo nunca había visto la nieve, sólo en televisión. Quería tocarla, la imaginaba fresquita y quería librarme del calor. Antes de que se dieran cuenta, aún descalza y sólo con la braguita del bikini de flores, corrí hacia ella y, en un pis pás, me encaramé a la cima. A medida que iba subiendo, brotaba la sangre de mis pies, de mis rodillas, de las palmas de mis manos. La montaña se fue tiñendo de un rojo intenso. Estaba tan emocionada que ni sentí dolor.

Los ojos de mi padre se salieron de espanto cuando volvió la mirada hacia la salina al escuchar mi grito: "¡Mira, papá, mira! ¡Así es como muere la nieve en verano!".

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